jueves, 9 de febrero de 2012

►CAPÍTULO II. [Part I]


Sonó “If you can’t rock me” de The Rolling Stones. O más bien montó un estruendo insoportable que le perforó hasta el mismísimo cerebro.

Debatiéndose entre la consciencia y la inconsciencia, Connan palpó a ciegas la mesilla de noche que tenía a su izquierda en busca del infernal aparato que no dejaba de sonar. Finalmente Los Rolling ganaron la batalla y derrotaron al sueño. Con un malhumorado juramento, se incorporó sobre un codo y echó una enfurecida mirada hacia la mesilla, donde la pantalla de su móvil parpadeaba. Alargo una mano para hacerse con el armatoste y descubrió que lo llamaba Timmy Steve, su manager.

—Maldito seas, Timmy —gruñó Connan respondiendo a la llamada—. Ya me sentía como si me patearan el cerebro sin necesidad de tu colaboración.

—No te sentirías así si bebieras menos —observó Timmy desde el otro lado de la línea con tono jovial. Timmy era así. Era de una naturaleza alegre y risueña que engañaba a la gente. La mayoría lo juzgaban mal y cometían el gravísimo error de infravalorar su capacidad para ocuparse de un cargo tan responsable. Pero debajo de todas esas capas de simpatía natural y jovialidad bromista, Timmy era un joven inteligente y emprendedor que luchaba a muerte por los intereses de su protegido.

Connan resopló ante sus palabras.

—Si quisiera un consejo terapéutico tú serías el último al que acudiría —se burló—. Y bien, supongo que me habrás llamado para algo más que para probar suerte en una nueva ocupación.

Timmy rió.

—No debería considerarse despertarte a las cinco de la tarde.

Connan frunció el ceño.

—¿Las cinco, dices?

En aquel momento sintió un movimiento a su lado. Giró la cabeza para descubrir una presencia femenina en la cama junto a él. Connan acentuó su ceño fruncido mientras observaba a la rubia desperezarse mientras se restregaba contra él y abría los ojos. La mujer le dedicó una sonrisa radiante que él no se molestó en corresponder.

—Supongo que llego tarde para interpretar mi papel de hermano mayor responsable —dijo él, centrándose nuevamente en la conversación de Timmy.

—Tal vez, pero no llegas tarde para escuchar un posible contrato que estoy sopesando. ¿Quieres que te ponga al día?

—Ahora mismo no. En estos momentos la horrible resaca que llevo me empujaría a aceptar interpretar a la mismísima Helena de Troya con tal de que el mundo me dejara en paz.

Timmy volvió a reír.

—Muy bien, te llamaré más tarde para concertar una reunión y lo hablamos. Pero que sepas que no considero mi llamada en vano: por lo menos he logrado fastidiarte.

—Tú sigue por ese camino y pasarás de ser mi flamante manager a mi simplón despertador personal —refunfuñó Connan, llevándose una mano a la cabeza cuando sintió un pálpito de dolor.

Timmy colgó tras reírse una última vez.

—¿Era tu manager? —preguntó entonces la joven que tenía al lado, en un tono coqueto.

Connan se sorprendió al escucharla. Se había olvidado completamente de ella.

Asintió en respuesta y bajó la vista para mirarla. Como todas sus conquistas, era una chica despampanante. Era rubia y de piel bronceada, muy probablemente fruto de una intensiva sesión de rayos uva. Tenía los ojos claros, a cuyas pestañas se adhería la máscara que se habría puesto la noche anterior. La joven se alzó sobre el colchón para apegarse más a él, que yacía sentado en la cama, su espalda recostada contra el cabezal.

—Anoche lo pasé muy bien —dijo ella en un murmullo sensual mientras su boca se acercaba a la suya.

Él no contestó, pero se quedó inmóvil mientras ella lo acariciaba con los labios. Lo cierto es que no se acordaba de lo que había ocurrido. Sabía que se había acostado con ella, de no ser así no estarían los dos desnudos en su cama. Pero no recordaba dónde la había conocido, ni de qué forma y aún menos cómo se llamaba ella. Pero un “preciosa” era universalmente válido para todas, así que no era ningún problema.

La rubia invadió su boca abriéndose paso con la lengua, y él se dejó hacer. Pero cuando sintió la mano de la joven deslizándose sobre su musculoso abdomen en dirección a su entrepierna, paralizó su avance agarrándola firmemente por la muñeca. Se separó de ella y retiró las sábanas a un lado, sentándose un momento en el borde del colchón, con los pies descansando sobre el brillante parqué de madera.

Se levantó con intención de darse una ducha en su baño particular, y al volverse un momento para verificar que realmente eran las cinco de la tarde en el reloj de la mesilla, descubrió que la joven permanecía en la cama con expresión interrogante y desilusionada.

Connan se aproximó a ella y le alzó el mentón con una de sus esbeltas y bronceadas manos.

—Francamente tengo cosas que hacer —le dijo mirándola—. Ojalá pudiera pasarme el día fornicando, el Diablo sabe que poca cosa hay que me guste más. Sin embargo —añadió irónico—, eso no me va a dar de comer, aunque sí hambre.

Connan reanudó los pasos hacia la puerta situada en la pared de enfrente de la cama, que llevaba a su baño personal.

—Yo me voy a duchar ahora, tengo cierta prisa. Si quieres puedes ducharte tú después —comunicó sin volver la vista, cruzando desnudo el umbral de la puerta con sensual parsimonia.

El baño era una estancia de dimensiones gigantes, casi tanto como su esplendoroso dormitorio. El piso estaba situado en la última planta de un edificio muy alto del octavo distrito de París, que quedaba en la orilla derecha del río Sena. Era una de las zonas de lujo parisienses, donde convivían la clase alta y las familias ricas. En aquellas calles se apelotonaban numerosos hoteles de lujo que ofrecían una vista espectacular de la torre Eiffel, además de un montón de comercios al servicio de firmas prestigiosas.

El techo del baño estaba confeccionado con gruesos paneles de cristal que por el día permitían iluminar la habitación con la luz natural del sol y de noche la luz de las estrellas se desparramaba como un manto de halo de luna. La estancia ofrecía dos opciones de servicio higiénico: la rápida y la relajante. Contra la pared del lado izquierdo se empotraba una reducida y sencilla ducha de aspecto moderno pensada para lavarse en tiempo récord. Sin embargo, a la derecha, unas finas escaleras de porcelana blanca accedían a una bañera gigantesca. Ésta era ovalada y seguía los patrones de los baños romanos, con escalones que dividían en tres la altura total de la gran tina y que se ceñían religiosamente al contorno de ésta. La terma estaba situada en un nivel que quedaba a unos dos metros del suelo y que se extendía de lado a lado contra la pared izquierda, dividiendo en dos la habitación mediante la diferencia de rasante. Solo podía accederse a esa mitad mediante las escaleras de porcelana. A pesar de que la gigantesca bañera ocupaba una gran mayoría del espacio elevado, la encimera de baldosas rojizas con motivos florales azules que la rodeaba tenía su protagonismo también. Aquel espacio solía estar atestado de tarros de sales aromáticas, geles, champús, toallas, incienso y demás.

Contra la pared del fondo había un armario con intrincadas tallas que contenía albornoces y toallas de todos los tamaños y también una estantería abarrotada de más jabones y artilugios aromáticos además de un buen equipo de sonido.

Al posar la vista en la terma, Connan casi profirió un sollozo por no poder permitirse relajarse en ella, escuchando a Rod Stewart desde los cuatro altavoces que pendían de cada esquina de la habitación y tomando una cerveza helada. Pero no podía permitirse ser tan egoísta. Una vida dependía de él. Una que le importaba mucho, aunque la mayoría de las veces no supiera cómo manejarse con ella.

Aún pensaba en Allison cuando se metió en el reducido cubículo de la ducha y abría el grifo, dejando que el agua caliente cayera sobre él desde la alcachofa asentada en lo más alto. Levantó las manos y las deslizó por su cabello humedecido, levantando la cara de ojos cerrados hacia el chorro.


Ah, esa pitufa era un torbellino de energía traviesa.



NUEVOS PERSONAJES.

He añadido el perfil de la hermana pequeña de Connan, un amigo suyo desde la infancia, una compañera suya de reparto y el compañero de piso de Jane en París.

Pueden verse aquí: http://amaneceenparis.blogspot.com/2012/01/personajes.html

domingo, 5 de febrero de 2012

►CAPÍTULO I. [Part VII]

Abandonando el pasado, Jane atravesó la oquedad rectangular del vestíbulo y se vio en medio de un estrecho pero largo pasillo que desembocaba en una angosta escalera recta que llevaba al segundo y último piso. La escalera era sencilla, y peligrosa también, puesto que no contaba con pasamanos y estaba formada únicamente por peldaños, careciendo absolutamente de contrahuellas. Recordó con una sonrisa que de niña tenía prohibido subir o bajar si no era en brazos de sus padres.

Las paredes del pasillo tenían una puerta a cada lado, paralelas entre sí. La de su izquierda daba al amplio salón, capaz de acoger a una veintena de personas con sus grandes dimensiones. Y la de la derecha la conducía al comedor, que a su vez permitía el acceso a la cocina.

La puerta estaba abierta, y por ello salían al pasillo la voz de su padre y los sonidos infantiles de un bebé. Jane se asomó para descubrir a su padre sentado a la amplía mesa ya puesta. Descansando en una cómoda silla de estructura de madera, alargaba sus brazos para jugar con una pequeña niña sentada a sus píes. La pequeña no tendría mucho más de un año, y balanceaba su manita en dirección a su padre, riendo con un alegre gorgoteo infantil, mientras con su otra manita apretujaba posesivamente su muñeca de trapo.

—¿Tengo una hermanita? —preguntó Jane con un deje de mofa, entrando en la estancia.

Su padre tardó unos segundos en alzar la mirada hacia ella, abstraído como estaba con el bebé. Por fin la miró, y la complacencia estaba escrita en su mirada. Jane no sabía si esa emoción la había causado la presencia de la niña o la suya. Finalmente decidió que ambas habían influido en la patente alegría de su padre.

—Es una de las niñas a las que cuida tu madre en la guardería —explicó Jefferson.

Jane puso los ojos en blanco mientras se sentaba al lado de su padre en una silla idéntica.

—Veo que mamá sigue llevándose el trabajo a casa.

Su madre penetró en el comedor en ese mismo momento, a tiempo de escuchar el comentario de su hija. El comedor y la cocina estaban únicamente separados por una delgada pared en cuyo extremo izquierdo un amplio vano rectangular sin puerta conectaba las dos estancias.

—Oh, no puede considerarse trabajo cuidar de estos angelitos —se defendió su madre dejando sobre la mesa la fuente de filetes empanados y de croquetas que llevaba—. Solo queda traer la ensalada y el sopero.

Antes de que Jane hubiera podido levantarse para hacerlo, su madre ya había ido y vuelto de la cocina y había dejado ambos alimentos en la mesa.

—Pues yo los encuentro aburridos e insoportables —refunfuñó Jane mientras contemplaba a su madre coger a la pequeña en brazos y se sentaba frente a ella a la mesa, colocando a la bebé amorosamente en su regazo.

—Ponme un poco de agua en el vaso, querido —pidió Brenda a su marido, y este acató inmediatamente su deseo.

—En serio —insistió Jane—, ¿no te aburres de estar rodeado de mocosos bebés en el trabajo y fuera de él?

Su madre se tomó un tiempo para contestar, el cual empleó en dar un sorbito de agua de su propio vaso al bebé.

Jane observó fijamente a la pequeña. Era realmente una criatura hermosa. Su rostro era rubicundo y redondito, convenientemente mofletudo para su edad, y acogía unos ojos azules como el cielo veraniego más limpio que la miraban fijamente, sonrientes. Su nariz era diminuta y redonda, con unos orificios pequeñísimos. Su boquita era rosita, de labios finos, y en aquellos momentos la tenía entreabierta, degustando el agua que su madre le daba con delicadeza. Observó sus pequeñas encías, apenas adornadas por unos diminutos dientes: algunos ya habían terminado de formarse, otros estaban en proceso, y unos pocos solo se asomaban tímidamente. Las finas hebras de su cabello eran doradas y se adivinaban sedosas. En aquellos momentos, sus regordetes bracitos, que salían de las mangas de un sencillo vestido rosa con estampados de flores, agitaban el aire como si quisieran ser las alas de un pájaro para echarse a volar.

Pero Jane no era de esas personas que se derretían ante la visión de un bebé y se rendían a la ternura que les suscitaba. Jane contemplaba a los niños con fría practicidad, admitiendo sus bonitos rasgos, del mismo modo que admitiera la elegancia de un jarrón. Los niños, en ninguna de sus etapas, jamás le suscitaban ningún tipo de emoción. Jamás la incitaban a hacer carantoñas estúpidas ni a perder el tiempo jugando con ellos. A Jane no le atraían en absoluto los niños. De hecho, los rehuía. Casi, incluso, le producían alergia.

Ah, qué diferentes eran ella y su madre.

Su madre, lo contrario de ella, adoraba a los niños. De hecho, trabajaba en una guardería del pueblo. Y llevaba en ese empleo prácticamente toda su vida adulta. Y Jane sospechaba que jamás se jubilaría. Le gustaba demasiado su trabajo como para considerarlo un quehacer. Le gustaba tanto que, no habían sido una y si millones, las veces en que Jane había visto invadida su casa por babosos enanos.

Su madre por fin la miró.

—¡Qué si me aburro! —exclamó Brenda, contestándola, en un tono entre sorprendido e incrédulo—. Lo normal es derretirse ante la visión de encantadores bebés como este —contestó, llamando rara a Jane de algún modo.

—¿De quién es el monstruito? —preguntó Jane con cierta brusquedad.

Observó a su madre mientras le ponía caras a la niña, más pendiente de dar de comer a la pequeña la papilla que le había calentado amorosamente que de su propia alimentación.

—Es de la señora Rosings.

<<¿Y está aquí porque no la soporta ni su propia madre, verdad?>> quería haber contestado Jane, pero se mordió la lengua a tiempo. En el fondo no le apetecía ser borde con sus padres. No en esa especie de último día.

Intentando limar la aspereza con la que se había comportando en los últimos minutos, trató de mostrar verdadero interés por la niña, logrando así simpatizar nuevamente con su madre.

—¿Cómo se llama?

—La han llamado Adele. ¡¿No es precioso?! De algún modo le combina bien con sus dulces y angelicales rasgos. Ojalá se nos hubiera ocurrido a tu padre y a mí ponerte un nombre de esa índole.

Jane reprimió un gemido horrorizado. En cambio:

—Por supuesto.

La conversación siguió un buen rato en torno a Adele y las demás niñas de la guardería. Al principio, Jane tuvo que esforzarse por mostrar verdadero interés y ser capaz de hacer preguntas que profundizaran la conversación (y la tortura que experimentaba con ella). Pero al final, al ver la expresión entusiasmada de su madre y al descubrir la sincera felicidad que le reportaba la conversación y el supuesto interés de su hija, Jane se descubrió disfrutando realmente. Y es que, cuando una persona que te importa es feliz, consigues ser feliz por ella.

La comida transcurrió con otros temas de conversación, todos agradablemente triviales o profundos, pero ninguno encaminado hacia temas tristes. Por lo que Jane no encontró en ese periodo el momento apropiado para notificar a sus padres de su inminente partida. Aunque lo pensó mejor: ¿realmente había momentos idóneos para las malas noticias? Jane sabía la respuesta. Así que, puesto que no los había, podía elegirlos ella. Y por el momento no quería destrozar el ambiente cálido y alegre que habían fraguado entre todos.

jueves, 2 de febrero de 2012

►CAPÍTULO I. [Part VI]


Subió los tres escalones que daban al pequeño porche, que se elevaba ligeramente sobre la tierra. En armonía con la casa, éste era de madera, y se extendía a lo largo de toda la fachada frontal del caserón. Sus ojos se detuvieron sobre el avejentado balancín que ocupaba su puesto en el extremo izquierdo y que se mecía suavemente al soplo del viento. En los amplios espacios entre los barrotes que formaban el balcón que rodeaba toda la periferia de la tarima del porche descansaban macetas de las que brotaban vívidas flores rojas.

Jane echó a un lado la cortinilla de cuentas de colores que pendía del marco superior de la puerta principal, y con la otra mano se disponía a tocar. Pero nada más posar los nudillos sobre la sólida superficie, descubrió que habían dejado la puerta entrecerrada cuando ésta retrocedió unos centímetros bajo el suave impulso. Sin duda, Jefferson se había encargado de informar a su mujer de la inesperada visita.

—Hola —saludó Jane en voz alta dando un paso hacia el interior.

No tardó en correr a recibirla una exultante Brenda. Una brillante alegría tomó posesión de su expresión en cuanto vio a su hija frente a ella. A pesar de estar a contraluz, su madre reconoció inmediatamente su silueta y no esperó para cobijarla en un cálido y sincero abrazo.

Jane cerró los ojos disfrutando del contacto. Sus brazos también se enlazaron con cariño en torno al cuerpo de su madre.

Se separaron lo suficiente para mirarse con ojos brillantes y sonreírse, y después su madre, tan cariñosa ella, la volvió a abrazar.

—Mi pequeña Jane… —susurró su madre apretándola contra ella—. ¡Me ha encantado la sorpresa! No nos dijiste que vendrías… ¿O ya se me va la cabeza?

Jane sonrió ampliamente. Y disfrutó de aquel abrazo en silencio un rato más. Inspiró hondo y adivino un olor a croquetas en su madre. La idea de que le aguardaran croquetas de su madre provocó que su estómago se entusiasmara y emitiera ruiditos de anticipado júbilo.

—¡Oh, cariño! ¿Estás hambrienta? —exclamó su madre separándose para mirarla. Una sonrisa alegre apareció en su rostro.— ¡Gracias a Dios, hoy se me ocurrió hacer croquetas! Siguen gustándote tanto como antes, ¿verdad?

Jane rió.

—Sí. De hecho, mi estómago ha rugido de impaciencia por probarlas.

De pronto su madre se giró hacia el vano del vestíbulo que daba acceso al resto de la casa y gritó con palpable emoción:

—¡Jeffry! ¡Ya está aquí nuestra Jane!

La voz de su padre sonó sofocada por las sólidas paredes que tuvieron que atravesar hasta llegar donde ellas:

—Te dije que vendría de un momento a otro.

Brenda sonrió a su hija y le estampó un rápido beso en la mejilla.

—Tu padre está en el comedor. Ha tenido que sentarse porque le duele la pierna —Jane no se molestó en señalar que ya lo sabía—. Ve a sentarte junto a él y ahora comemos todos juntos. Le falta muy poco a la comida.

—Te ayudo —dijo Jane, siguiendo a su madre, que ya atravesaba el vestíbulo en dirección a la cocina.

Su madre se detuvo un momento y la miró.

—No, Jane. No necesito tu ayuda. Llegas tarde para eso —le contestó su madre alegre—. Ve al comedor con tu padre —le ordenó—. A ver si logras aplacar sus agrios humos de niño emberrinchado —añadió después maliciosamente en un tono bajo, de modo que quedara entre ellas.

Ambas se rieron, y Brenda retomó sus andares, dejando a Jane sola en el vestíbulo. Su sonrisa se fue apagando lentamente y sus pensamientos se tornaron cada vez más tristes. La ilusión que les causaba su visita era tangible, y la llenaba de remordimientos la simple idea de tener que apenarlos con la noticia de su partida. Decidió atrasar el momento lo máximo posible y no ensombrecer aquel día que auguraba transcurrir tan encantador en compañía de sus padres. Ya habría tiempo para dramas más tarde…

Jane rememoró la radiante imagen de su madre de hacia unos momentos, dispuesta a apresurarse en complacerla con sus croquetas y puede que también a extender por todo el pueblo y acompañada de un gong la noticia del regreso de su hija al nido. Al pensar en su madre, Jane deseó poder parecerse más a ella. Su madre parecía tan increíblemente exultante con detalles tan simples. No solo se conformaba con las cosas más sencillas que le brindaba la vida, sino que las acogía con gratitud y satisfacción. Con solo ver a su hija el sol ya había salido directamente desde el cabecero de su cama, como si se hubiera afanado especialmente en iluminarla a ella. Jane suspiró. Sabía perfectamente que era una inconformista. Que sus expectativas sobrepasaban en altura al Himalaya. Y sabía perfectamente que aquella actitud solo podía conducirla a la infelicidad más absoluta. Pero esa parte de sí misma era inconsciente. Era parte de su alma. Un algo indomable que no obedecía a su parte razonable y que siempre estaba presto para soñar más alto, para ambicionar más trecho de cielo.

El frescor primaveral que notó a su espalda le recordó que la puerta de la entrada seguía abierta, por lo que la empujó con todo su cuerpo para cerrarla y quedó apoyada contra ella. Sus ojos se pasearon por el vestíbulo, advirtiendo que todo seguía igual.

Sonrió. Aquella casa siempre era un oasis de tranquilidad. Por mucho que el mundo mutara a vertiginosa velocidad, su casa siempre seguía tan encantadora, tan familiar y tan cálida como la recordaba. Era una suerte tener un lugar así en el mundo. Un lugar al que volver y encontrarte con una parte de ti misma perteneciente al pasado. Con aquella niña que nunca nos abandona, pero que en algunos lugares se hace más audible que en otros. Y en aquella casa, casi podía escuchar su estridente grito infantil.

El enorme marco que pendía de la pared de enfrente captó su atención, como siempre lo hacía. Era grande y absolutamente dorado, y en él estaban grabadas flores que se unían mediante tallos serpenteantes que bordeaban la foto que representaba a la familia Cassidy. Allí estaba su madre, con su cabello castaño y corto perfectamente peinado a un lado, con sus vistosos pendientes dorados colgando de sus orejas, con su radiante sonrisa, su chaqueta rosa de cachemir y su falda larga. Y en sus brazos tiernamente acomodada la pequeña Jane, con su mono lavanda y sus diminutos puñitos dentro de su boquita babeante. Y al lado de ellas su padre, Jeffry, con su fuerte brazo rodeando los hombros de su mujer en un gesto de amor y en sus ojos negros brillando la satisfacción. Su torso vuelto hacia sus dos tesoros, vestido con vaqueros y un sencillo polo rojo.

Debajo del cuadro yacía una cómoda de madera de cerezo, cuyas cuatro patas se ondulaban hacía dentro y sus extremidades terminaban en espiral. Sobre ella yacía un jarrón de porcelana adornado con una serie de flores azules que circundaban el extremo superior y del que brotaban flores que se habían secado hacía ya tiempo. Jane se aproximo a la mesita y metió en el recipiente la flor que había recogido antes a su llegada, salpicando de vida el recibidor con la tonalidad roja de sus pétalos. Alrededor del jarrón estaban dispersos varias figuritas de barro pintadas: Una vaquita, un tigre, un girasol, una llave de las que usaban los mecánicos y una tarta. Jane sonrió mientras dulces recuerdos golpeaban en su mente. Todas aquellas figuritas habían sido hechas por ella. De niña, cuando el invierno era tan frío que salir a jugar a la calle no era una opción, solía moldear barro a la luz de la chimenea del salón y después pasaba horas pintando las figuritas. Había regalado unas cuantas a Heather, a sus tíos y abuelos, y también a algunos de los niños de la guardería de su madre cuando ésta se lo encargaba.

Sus manos sujetaron la llave. Había regalado esa pieza a su padre unas navidades. Su padre era mecánico. De hecho, poseía el único taller del pueblo. Por ello, tenía mucha demanda y por consiguiente, aparte de haber amasado una considerable fortuna, también le absorbía mucho tiempo. En estas circunstancias, Jane había tenido una lujosa infancia pero no había pasado con su padre tanto tiempo como le habría gustado. Y por ello, sabía que su padre la quería, pero como no se veían demasiado, Jane se sentía impulsada a ganarse el aprecio de su padre mediante gestos, y por ello solía tener muchos detalles con él, como aquella llave. Su madre le había explicado desde niña que su padre la quería mucho, y que si no pasaba mucho tiempo en casa era por su responsabilidad con su trabajo, no porque ella fuera una niña insoportable. Y Jane le creía, y de hecho había tenido pruebas irrefutables de ello, como la ocasión en la que le regaló a Mr. Scrooge o en la que intercedió para salvar a Franzy para ella. Era solo que de alguna manera quería demostrarle que ella le correspondía con la misma intensidad a su amor, ya que no solía estar allí para contemplar lo mucho que lo amaba. Quería tener gestos con él, tal y como él los tenía continuamente con ella.

Aunque realmente nunca había entendido del todo a su padre. No hasta hacía poco.

Su padre se había abierto camino a base de arduo trabajo en aquel pueblecito rural. Jeffry siempre había odiado las ciudades grandes y ruidosas y estaba decidido a establecerse en un pueblo agradable y tranquilo donde pasar el resto de su vida. Pero consiguió más de lo había soñado.

Las pronunciadas praderas, los frondosos árboles, los abundantes bosques, los cantarines riachuelos y las majestuosas montañas que rodeaban aquel pueblo lo cautivaron. Lo enamoraron. Y sin lugar a  dudas supo dónde estaba su lugar.

Así que, alquiló un apartamento barato y empezó a trabajar en el taller del pueblo. El dueño se llamaba Jeremy Alder, y ya era muy mayor, pero a pesar de ello seguía paseándose por su negocio, supervisando el trabajo de sus empleados y dando consejos para mejorar arreglos, reparaciones y recambios. Junto con Jeffry, eran cuatro en total los trabajadores del taller. Y, a pesar de que Jeffry había llegado el último, no tardó en ser el favorito de Alder. Y es que Jeffry era joven, fuerte, enérgico, aplicado y entregado, y hacía el trabajo de dos hombres por lo menos. Además, tenía un don especial para la mecánica y a Jeremy, que todo lo veía, esto no le pasó desapercibido. Y, como era un trabajo de hombres y Jeremy no tenía herederos varones para el negocio, no estaba dispuesto a arriesgarse a que su preciado taller cayera en manos del que fuera marido de alguna de sus dos hijas. Así que, ya había pensado en legar a Jeffry el taller con la condición de pasar un considerable porcentaje de sus ganancias a sus queridas hijas.

Aunque nadie imaginó que las cosas se simplificarían de tal modo que Jeffry y Brenda, una de las hijas de Alder, terminarían enamorándose y casándose. De tal modo, el negocio siguió siendo un tesoro de la familia Alder. Y entonces, resolvieron que la hermana de Brenda, Julie, heredara la fortuna de la familia y ellos vivirían de lo que obtuvieran del negocio.

Jeffry puso tanto empeño en el taller como cuando era un simple empleado, tal y como había esperado Jeremy Alder. Y como siempre, la colaboración y sabiduría de Jeffry eran de suma importancia. Y, a pesar de que los años iban pasando, Jeffry nunca tuvo intención de abandonar su trabajo, ni siquiera cuando el negocio era tan próspero que podía permitirse pagar un par de empleados que sustituyeran su trabajo.

En ese entonces Jane no entendía porque su padre no dejaba en manos de otros gran parte de su responsabilidad y pasaba más tiempo con su familia, y en momentos en los que la insolencia se adueñaba de su lengua, le había gritado hasta reventar que lo que quería era deshacerse de la molesta obligación de soportar a su familia. Por supuesto, aquella actitud agria y contestataria le había valido más de un bofetón.

Después de apropiarse del negocio, Jeffry fue ahorrando parte de las ganancias obtenidas para contratar obreros que edificaran su actual casa de madera brillante en lo alto de una calma loma, dónde viviría allí con su amada Brenda y a la cual llamó Oasis. Él decía que todo el mundo debería tener un refugio en el mundo, una tregua con la muchas veces aplastante realidad, y que esa casa era la suya siempre y cuando sus dos tesoros, su mujer y su hija, vivieran allí con él.

Jane suspiró, devolviendo la llave a su lugar sobre la mesita, comprendiendo al fin a su padre. Él era un hombre moldeado por el trabajo duro, y no conocía otro tipo de vida. Necesitaba sentirse útil. Necesitaba saber que el dinero que poseía era resultado de un trabajo honrado y entregado. Y por supuesto, no podía descuidar el taller bajo ninguna circunstancia. No podía decepcionar a Jeremy Alder, allí donde estuviera, y hacer que se arrepintiera de haber confiado su preciado negocio a un joven aprendiz enamorado de las montañas.

domingo, 29 de enero de 2012

►CAPÍTULO I. [Part V]


El hombre profirió un alarido seguido inmediatamente de un rugido furioso, y, desatendiendo a la explícita petición de que no agrediera al caballo, comenzó a hincarle con fuerza la rodilla en los costados. El caballo trató de defenderse, y continuamente lanzaba en su dirección bocados, queriendo atraparlo entre sus dientes, pero le llevaba ventaja el señor, pues sus movimientos estaban limitados por las bridas que lo mantenían clavado en el lugar.

Jefferson no iba a permitir aquella violencia contra su semental y enseguida entró en el remolque para apartar al hombre de ahí. Pero Mr. Scrooge tampoco estaba por la labor de mostrarse benevolente con él, y también se lanzó en la misión de dejarle un enérgico mordisco. Así que Jefferson tuvo que lidiar contra el ataque del caballo mientras trataba de alejar de él al transportista.

‘¡JANE! ¡Vuelve aquí inmediatamente!’ gritó entonces Brenda. Aquello distrajo lo suficiente a Jefferson para que el caballo lograra acertar en su objetivo y lo mordiera en el brazo. Jefferson buscaba ansiosamente a su hija en el remolque, sospechando que se hallaba ahí, en medio de aquel peligroso caos, cuando sintió la agresión del caballo. Ahogó una exclamación de dolor rechinando los dientes. Y cuando se recuperó un poco del dolor, descubrió con horror que su hija estaba peligrosamente cerca del animal, mirándolo desde su baja estatura y alzando las manos queriendo acariciarle. Parecía totalmente ajena al peligro que la rodeaba.

‘¡JANE! ¡ALÉJATE!’ ordenó su padre desde lo más hondo de su preocupación por ella. Empezaba a pensar que traer el caballo no había sido buena idea, por mucha ilusión que tuviera su hija. Incluso empezaba a barajar la posibilidad de que la violencia fuera una opción en este caso, tal y como había sugerido el brutal transportista.

Pero esos pensamientos se desvanecieron en cuanto contempló, atónito, lo que sucedió a continuación. Lejos de pretender hacerle daño, el animal pareció tranquilizarse por completo al observar la pequeña niña a sus pies, esperando con los brazos abiertos a que el caballo la recibiera. Y no sólo se relajó por completo. Consciente de que la niña no era ninguna amenaza para él, el caballo inclinó la cabeza en dirección a la niña y su hocico rozó una de las pequeñas palmas de la niña, olisqueándola. Jefferson por un momento temió que fuera a morderle, pero en vez de eso, el animal sacó la lengua y comenzó a lamerla con cariño.

Entonces Jefferson respiró. Y solo en aquel momento fue consciente de que había estado reteniendo el aire, angustiado. A continuación, obligó a salir del remolque al fondón hombre. 

El caballo continuaba paseando su lengua por la mano de la criatura, y Jefferson, creyendo pasado el peligro, se aproximó con la intención de desamarrar las riendas para poder sacar al animal. Pero eso le valió que el caballo girara su cabeza hacia él y le mostrara los dientes, en gesto amenazador.

Parpadeantemente anonadado, decidió acatar los deseos del purasangre, pues no quería correr el riesgo de que se encabritara cuando su pequeña niña estaba sus píes, a unos centímetros de él.

Finalmente fue Jane la que tuvo que sacar del remolque al caballo y llevarlo a su nuevo hogar, detrás de la casa, pues solo toleraba su presencia. Todos pensaron que sería algo temporal hasta que se acostumbrara a la presencia del resto, pero, aunque la actitud de Mr. Scrooge mejoró con el tiempo, jamás dejó sus reservas de lado. Todavía a día de hoy Jane era la única que podía acercarse totalmente a él. La única que podía abrazarlo y la única por la que se dejaba atender.

Aquella actitud reservada y hostil para el resto del mundo excepto para Jane, y más tarde para Franzy también, provocó que le bautizaran como el famoso protagonista dickensiano: Mr. Scrooge

Volviendo al presente, Jane restregó su nariz contra el hocico de Mr. Scrooge, ahuecándole la cara entre sus manos, y rebatió a su padre mirando al animal con infinito amor:

—No es verdad. No es odioso. Mr. Scrooge es todo un amor y me ha echado tanto de menos como yo a él. ¿Verdad que sí? —dijo Jane mientras una de sus manos rascaba con cariño por detrás de las orejas del caballo. Mr. Scrooge resopló en señal de que disfrutaba.

—Si con ser “todo un amor” te refieres a que toree a tu padre y que en todos estos años haya sido un ogro con todo aquel que no se tratara de ti, estoy de acuerdo —refunfuñó su padre—. Y eso sin contar con que me ha desbancado del primer puesto en la pirámide de tus prioridades y te ha abrazado antes que yo.

Jane lanzó una alegre carcajada, y se separó de Mr. Scrooge, no sin antes depositar un sonoro y amoroso beso en carrillo del animal.

—Papá, no seas infantil —le reprendió Jane risueña mientras lo abrazaba. Su padre la apretó contra él entusiasmado—. Además, recuerda que Mr. Scrooge necesita más mimos. Tú tienes a mamá cuando no estoy; él no tiene cariñitos hasta que yo vengo.

—Porque no se deja mimar más que por ti —renegó él—. Además, te equivocas. También está Franzy con él.

Jane no respondió, se limitó a estrechar a su padre con una gran sonrisa.

Aún permanecían abrazados cuando Jefferson notó que una fuerza invisible lo impulsaba hacia atrás, alejándolo de Jane. Solo que no se trataba de una fuerza invisible, sino que era Mr. Scrooge, poco dispuesto a que nadie le arrebatara la atención de su amiga Jane. El animal tironeaba con sus dientes de la chaqueta de su padre, y no tardó en salirse con la suya, haciendo que finalmente Jefferson se tambaleara y estuviera a punto de caer de espaldas. Y lo hubiera hecho, de no ser porque Jane se aproximó inmediatamente para ayudarle a mantener la estabilidad.

Jane se giró hacia el animal con expresión reprobatoria mientras su padre se valía de su hombro para permanecer en pie. El animal, inteligente y astuto como era, comprendió enseguida que su actitud no había sido digna de alabanza y si de reprensión, pues enseguida inclinó hacia delante la cabeza, con las orejas gachas, en un gesto arrepentido. Por entre sus largas y abundantes pestañas oscuras sus brillantes ojos miraban a Jane, suplicando su perdón. Y Jane no pudo más que ablandarse y extender la mano para acariciarle el dorso del hocico, perdonándolo por completo.

—Eres demasiado buena con él —gruñó su padre, mirando al caballo con el ceño fruncido.

—No me queda más remedio. Él es un sol conmigo —exclamó entusiasmada Jane mientras le hacía una carantoña al animal. Mr. Scrooge relinchó en respuesta, volviendo a rebosar alegría y plenitud espiritual.

—¿Y dónde está Franzy? —preguntó Jane a su padre, mirando a su alrededor atentamente, buscándola con la mirada—. No la he visto todavía.

Como si Franzy hubiera advertido que se la buscaba, apareció repentinamente en escena, saliendo de las reducidas pero confortables caballerizas. Era una joven yegua pía de cuatro años de edad, sana y fuerte. Tenía un pelaje precioso. Era esencialmente blanco, pero su capa inmaculada se veía tiernamente salpicada por extensas manchas castañas rojizas que la adornaban sin ningún orden, haciendo de ella un precioso animal exótico. Su cola y sus crines eran castañas y largas, y en aquellos momentos se mecían al son del viento mientras trotaba elegantemente hacia ellos. Lanzó un relincho suave expresando su alegría, y Jane extendió una mano para acariciarle tiernamente la cara.

Su nombre, Franzy, se lo habían puesto en honor a un pintor alemán Franz Marc, nacido en el siglo XIX. Había sido un gran expresionista de la época, cuyo estilo fue contagiándose de técnicas cubistas y futuristas que fue descubriendo en otros artistas mediante sus viajes a ciudades como París, y terminó culminando en un estilo de abstracción expresionista. En la mayoría de sus cuadros representaba la naturaleza, y continuamente pintaba caballos y ciervos. Además, tenía una estrecha relación con los colores primarios, que daban fuerza a sus cuadros. Pero además de simplicidad y fuerza, estos colores tenían expresión: utilizaba el azul para representar la fuerza masculina y la espiritualidad, el amarillo para la elegancia femenina y el rojo para la violencia. Solía buscar la simplicidad en sus cuadros porque pretendía mostrar cómo ven los animales la naturaleza: simple y sobriamente clasificada, guiándose más por los colores y los sentidos que por las perfectas formas.

Jane advirtió que su padre sentía una simpatía intensa por la joven yegua. Descubrió que los ojos de Jefferson se iluminaron, y una inconsciente sonrisa suavizó sus severos rasgos. Su fuerte mano ya se había alargado para acariciarla entre las orejas, desordenándole el suave tupé. Franzy era muy cariñosa y coqueta, y rebosaba felicidad ante las atenciones del anciano.

—Ah, pero qué buena eres —susurró su padre. Su mano había bajado hasta el cuello del animal, palmeándolo con cariño.

—Sí, es increíblemente mansa y buena —afirmó Jane rozándole el hocico con la mano.

Lo cierto es que Franzy había tenido mucha suerte siendo acogida por ellos. Su madre había sido una yegua de una granja que no quedaba demasiado lejos de la casa de sus padres. Podía decirse incluso que los dueños del caballo eran vecinos suyos, si bien bastante lejanos. Resulta que la madre de la criatura se había quedado en cinta en contra de los deseos de sus amos. No sabían como había ocurrido, pues ellos no habían arreglado ningún encuentro con un semental meticulosamente seleccionado. Y es que esto de los caballos es todo un negocio. Sobre todo para gente como los dueños de la yegua, que se dedicaban a “fabricar” los caballos más aptos para ciertas disciplinas deportivas y después los vendían al mejor postor. Por ello, juntaban a sus yeguas con sementales que respondieran a ciertas exigencias morfológicas. Antes examinaban cuidadosamente el historial del semental, se informaban sobre su genealogía y sus cualidades; así como de la velocidad que podían alcanzar, la fuerza, la energía, el desarrollo de los músculos, la capacidad de movimiento, la distancia que eran capaces de saltar y demás. Y según les complaciera o no los resultados del análisis, lo seleccionaban o no para cubrir a sus yeguas.

Pero Franzy había sido catalogado de error. Su nacimiento no había sido cuidadosamente planificado. Probablemente había sido fruto de un encuentro esporádico con algún caballo salvaje. Así que, no les interesaba criarlo ni gastar dinero en su manutención. Por lo que ya habían decidido sacrificarla.

Jane se había enterado de la precaria situación del animal un día que había pasado por la granja a lomos de Mr. Srooge. Había visto a la hermosa potrilla y había felicitado a los dueños de tener semejante preciosidad. Pero los dueños habían contestado que no les servía para nada y que iban a matarla la semana siguiente. Horrorizada, Jane había corrido a casa a contárselo a su padre con el deseo de impedirlo, y Jefferson había accedido a que se la quedaran, no sin antes advertirle de que no pensaba acoger a todo animal desdichado del planeta.

Como no apreciaban lo más mínimo a la potrilla, a Jefferson no le costó demasiado dinero comprarla, pues para los dueños ya era muy beneficioso cobrar unas cuantas monedas por semejante criatura inútil. Aunque aún tuvieron que esperar seis meses para llevársela a casa, pues esa es la edad mínima en que los potrillos pueden destetarse y emanciparse. Pero una vez la trajeron a casa, la pequeña yegua se adaptó bien y pasó a ser muy querida por todos, incluso por el naturalmente hostil Mr. Scrooge, cosa que sorprendió a todos.

Fue devuelta al presente por Mr. Scrooge, que, celoso de las numerosas atenciones de las que era objeto Franzy, la golpeó en el hombro con el morro, exigiendo su ración de caricias. Jane le dedicó una sonrisa brillante y cogió el rostro del animal para acercarlo al de ella y depositar un beso sobre su cara. Pero advirtió por el rabillo del ojo que su padre hacía una mueca de dolor.

—¿Te duele la pierna, verdad? —preguntó separándose del caballo, ya de camino hacia la primera cerca de madera que los excluía del resto del mundo. Allí apoyada estaba la muleta de su padre, y una vez en su poder, apresuró el paso para entregársela de inmediato.

Su padre alargó el brazo para cogerla. Su rostro aún estaba crispado en un gesto de dolor y sus dientes se apretaban con fuerza mientras levantaba el píe malo del suelo evitando descargar su peso en él.

—Este maldito píe inútil —farfulló con amargura mientras acariciaba por última vez el hocico de Franzy e iniciaba el regreso al hogar.

—¿Quieres que te ayude a llegar a casa? —preguntó Jane con el ceño fruncido por la preocupación desde su posición al lado de Mr. Scrooge, el cual había avanzado hasta ella y en aquellos momentos estaba lamiéndole la mejilla.

Su padre no se giró ni cesó en su avance cuando le contestó con voz aún más malhumorada que antes:

—¡Soy muy capaz de llegar yo solo!

Jane lo vio avanzar unos cuantos pasos más, con la mirada triste. Le entristecía ver a su padre de ese modo. Siempre había sido un hombre jovial y ufano, pero desde aquel accidente de tráfico que le había granjeado esa cojera se había vuelto muy huraño y gruñón… Suponía que no tenía nada que ver con su alrededor, sino consigo mismo. Jefferson no era alguien que se sintiera cómodo en una posición más vulnerable de lo que debiera y además, tampoco toleraba ser de inutilidad para el mundo. Eso último no era cierto, claro. Aunque ya no fuera el de antaño, Jefferson continuaba ayudando en todo lo que podía. Continuaba ocupándose de los caballos y de la limpieza de los establos en la medida de lo que le permitía su cojera, y desde luego continuaba frecuentando su negocio. Si bien ya no empleaba en él el mismo extenso tiempo ni la misma disposición física, se aseguraba de que esté estuviera en las mejores condiciones y siguiese contando con empleados competentes.

Jefferson Cassidy, no era en absoluto un inútil, como él mismo creía ser desde que se quedara cojo de por vida.

—¡Muy bien! ¡Yo ahora voy, papá! ¡Voy a emplearme en una rápida sesión de peluquería con Mr. Scrooge y a actualizar la paja de sus reales aposentos! —le gritó Jane.

Su padre estaba a punto de doblar la esquina de la casa, pero dio señales de haberla oído levantando el brazo un instante. Y entonces, desapareció.

Jane volvió el rostro hacia su mejor amigo, cuya alegría de verla era notoria en las numerosas y cariñosas atenciones que le brindaba. Ella le dedicó una sonrisa triste antes de acunarle el belfo inferior con una mano y frotar su rostro contra su hocico.

—Tú también notas a papá más brusco, ¿verdad? —le preguntó apoyada en el rostro del caballo. De pronto sintió una creciente humedad en los dedos de la mano que le colgaba inmóvil. Bajó la vista para descubrir a Franzy lamiéndole, queriendo reconfortarla. Jane movió la mano para acariciarle entre los ollares—. Y tú también, pequeña. —Una lágrima se abrió paso a través de sus abundantes pestañas de Jane y recorrió su mejilla hasta saltar a la cara de Mr Scrooge y seguir su recorrido por su brillante pelaje—. ¿Por qué tiene que ser tan duro consigo mismo? Es un maldito cabezón. ¿No sabe que le querríamos igual aunque se quedara parapléjico? (Dios no lo quiera). ¿No sabe que es una persona maravillosa y que le queremos por lo que es, y no por sus logros? —Jane suspiró—. Ah, lo echo de menos. Hoy ni siquiera se ha molestado en tomarme el pelo…

Jane levantó la mejilla del hocico de Mr. Scrooge y alzó la vista hasta sus ojos. Como siempre le ocurría, se sintió comprendida por su brillante mirada, y se sintió reconfortada por su comprensión, su cercanía y su calor.

Una sonrisa renació de las cenizas y brilló en sus labios.

—¡De mí no te escaparas, querido! Espérame, que voy a por las tijeras y Franzy me ayudará, ¿verdad que sí Franzy? —Se separó de Mr. Scrooge llevándose a Franzy consigo a un paso rápido. Ambas se dirigían juntas a la salida del picadero en busca de las tijeras que el caballo había tirado en el bosque. No había problema en dejar trotar libremente a Franzy fuera del cercado, pues era una yegua obediente y nunca daba indicios de querer escaparse y abandonar un hogar que tan cariñosamente se comportaba con ella. Además, Franzy era una yegua dependiente, y no le gustaba salir fuera del picadero si no era en compañía. A Jane muchas veces le recordaba a un perro, como en aquellos momentos, que la seguía con una lealtad increíble allí a donde iba.

Cuando se giró a mirar a su mejor amigo antes de cruzar el umbral de madera, le pareció que Mr. Scrooge hacia un gesto de contrariedad. Jane lanzó al viento una carcajada.

—¡Oh, no me mires así, amigo! ¡Lo hago por tu bien! ¡Ninguna yegua querrá ser blanco de tus coqueteos con esas greñas!