domingo, 13 de mayo de 2012

►CAPÍTULO VI [Part I]


La pesadilla comenzó muy pronto a la mañana siguiente.

El sol revoloteaba sobre sus párpados, llevándola casi a gemir de placer mientras su calidez besaba su piel y esta absorbía  aquel pacífico y abrasador momento.

Pero entonces la mañana dejó de parecerle plácida y tranquila para presentársele absolutamente infernal.

—Jany, ¿en nuestro edificio vive algún famoso y no nos hemos enterado? —trinó Jonathan abriendo la puerta de su habitación con brusquedad, poco piadoso por el descanso que necesitaba o ajeno al remordimiento que debía de haberle asaltado al interrumpir de aquel rudo modo el sueño a alguien.

—Ya lo creo —masculló Jane con un enfado que no se molestó en disimular—. Tu cadáver será famoso después de las macabras huellas que dejaré mediante todo un arsenal de instrumentos de mazmorra que pienso emplear en ti.

Jonathan soltó la carcajada, pero decidió obligar a Jane a cumplir su amenaza acercándose a ella y sentándose en su cama con toda la confianza del mundo.

—Tomar juntos una cerveza no nos convierte en amigos —farfulló Jane mientras se restregaba los ojos y se incorporaba sobre los codos, lanzando a Jonathan la mirada más venenosa que pudo conseguir en su estado soñoliento.

Jonathan hizo caso omiso a sus palabras y permaneció sentado con los píes cruzados sobre la colcha de flores de Jane.

—Ahora en serio, ¿vive aquí algún famoso? —insistió el joven.

Jane lanzó un gruñido y se incorporó del todo, yaciendo sentada sobre la cama. Ahuecó las almohadas para conferirle a su espalda mayor comodidad y continuó en su tarea de fulminar a Jonathan con la mirada.

—¿Me estás diciendo de verdad que me has despertado para hacerme tan estúpida pregunta?

Jonathan se encogió de hombros.

—¿Entonces no sabes nada?

Jane puso los ojos en blanco, irritada.

—Veamos, pequeño Sherlock, ¿te has parado a inspeccionar la fachada de nuestro edificio? ¿Acaso no has reparado en el descascarado y mugriento yeso? ¿En el anticuado portal oscuro con espejos tintados en sepia y lámparas de bombillas fundidas? ¿En las estrechas escaleras desgastadas? ¿Acaso necesitas más pruebas para saber que sería el último lugar que elegiría para vivir alguien adinerado? ¿A ti te parece racional lo que me estás preguntando? —masculló Jane entre dientes.

Jonathan repitió un encogimiento de hombros.

—Racional no, pero tampoco lo es el ejército de periodistas que asedian el edificio.

Jane frunció el ceño, pero después se echó a reír.

—Por el amor de Dios, es la última vez que te dejo beber cerveza.

Jonathan puso los ojos en blanco.

—No estoy bromeando.

Jane hizo un gesto de negación con la cabeza, subrayando lo absurdo que seguía encontrando sus palabras.

—Anda, esfúmate. Ya estoy de mal humor porque me hayas despertado por una tontería. Vete y tal vez puedas salvarte de ser víctima de mi cabreo mañanero —dijo mientras apartaba las sábanas y se arrastraba hasta el borde de la cama para levantarse.

Jonathan no se movió de inmediato y se quedó quieto ensimismado en sus pensamientos, mirando a Jane abrir la ventana de su cuarto de par en par sin verla realmente.

En aquel preciso instante sonó el teléfono de la sala.

—Ale, por si necesitabas más motivos para largarte —le dijo Jane.

Jonathan se levantó para atender la llamada, dejándola sola.

La joven se estiró frente a la ventana, sus ojos escudriñando el día soleado que prometía un cielo azul despejado de nubes. Ser testigo de tanta luz y de tan agradable brisa fresca la contagió de optimismo, relegando su malhumor a un segundo plano bien lejano. Con una sonrisa carente de motivos más que del hecho de que estaba sana y viva para disfrutar del mundo, se dirigió al pequeño armario y paseó los ojos por las prendas que allí aguardaban. Sus ojos viajaron directamente hacia el apartado de ropa liviana, y escogió unos vaqueros de pitillo y una sencilla camiseta de mangas de tirante junto con unas sandalias y unas gafas de sol. Se estaba quitando el pantalón de pijama cuando Jonathan olvidó de nuevo los modales y abrió repentinamente la puerta de su habitación.

—¡¡¡JONATHAN!!! —exclamó enfurecida, volviendo a ajustar el pijama a sus caderas—. ¡¡¡¿Podrías dejar de tentarme a estrangularte?!!! ¡Yo no es que exude autocontrol!

—La llamada es para ti.

Jane bufó disgustada.

—Ahora mismo lo que me apetece es darme una ducha y vestirme. Manda a la mierda a quien quiera que sea.

—¿Estás segura? —preguntó Jonathan divertido—. Dice ser amiga tuya. Heather ha dicho que se llamaba.

Aquello transformó por completo la expresión de ella. La emoción fue palpable en sus rasgos y sin dirigirle ninguna palabra más casi bailo hasta el salón.

—Hooooola buenos díííías —canturreó Jane cogiendo el auricular.

—¡My gruñona preferida! ¡Buenos días! —saludó Heather con una voz igual de optimista—. Siento haber llamado tan pronto. Sé de sobra que odias madrugar… Así que… —hubo un silencio previo antes de que se escucharan palmadas.

Jane frunció el ceño.

—¿Qué narices haces? ¿Acabas de llegar de fiesta y el último Martini deambula en tu cabeza, no? —preguntó Jane con diversión.

—Estaba aplaudiéndote —explicó una risueña Heather—. Sé de sobra lo mucho que supone para ti mostrarte tan amable a estas horas. Y no, no estaba de fiesta. De hecho, no podrías imaginarte donde me hallo ahora.

—Si estoy tan amable es que ya ha habido alguien que se ha tragado mi mal humor —dijo Jane riendo—. Y la verdad es que se me ocurren muchos sitios donde podrías estar, pero cuéntamelo.

—Mmmm. Vale, prepárate.

—¿Bombazo informativo? Mmm. Me gusta.

—¡¡¡ESTOY EN PARÍS!!! —exclamó Heather a voz en grito.

Jane ni siquiera se molestó porque le hubiera gritado al oído. La emoción de escuchar aquello era inmensa y pronto ella también estaba chillando a través del auricular e intensificando su expresión de felicidad saltando en el salón. Por el rabillo del ojo vio que Jonathan la observaba divertido con semblante de <<las mujeres están chifladas>> pero Jane no le hizo el menor caso ni le importó lo más mínimo.

—¡¿Y cómo es eso?! ¿Estás aquí por motivos de trabajo?

—Básicamente sí —suspiró Heather—. Pero he viajado con un poquito de antelación para disfrutar completamente de ti unos días. Por unos días estaré 100% disponible para ti. Bueno, un 75%. También tendré que dedicar tiempo a aprender el beso francés de sus propios inventores, ¿no crees?

Jane aún saltó y chilló más que antes.

—¡Oh Dios mío! ¡Estoy emocionadísima de tenerte aquí! Pero, ¿tu campaña con Versace ya ha terminado? ¡Creía que te cogía más tiempo!

—No, no la he completado. Pero he decidido que soy lo suficiente importante en este negocio como para poner yo misma condiciones. No estaba segura del todo, pero me ha salido bien. Al final he acortado ese contrato y he hecho menos sesiones de las acordadas. Por supuesto, me han recortado bastante el sueldo, pero sigue siendo un pastón. Así que ahora toca minivacaciones, que las necesitaba. Lo bueno es que dispongo de bastante tiempo. Mi próximo trabajo es aquí, desfilando para Louis Vuitton en la pasarela de primavera-verano. Antes de eso tengo un par de sesiones acordadas. Pero bueno, estaré encantada de enfrentarme a eso después de unos días de relax.  

—¡Eso es fantástico, Heather! ¡FAN-TÁS-TI-CO! Tengo unas increíbles ganas de abrazarte. ¿Dónde estás ahora mismo? Te alojarás conmigo, ¿no?

Heather rió al captar su alegría.

—Ahora mismo estoy en el Aeropuerto de Charles de Gaulle, esperando la aparición de mis dichosas maletas. Pensaba ir directamente a tu casa para darte una sorpresa, pero luego rechacé la idea. No estaba segura de que sí iba estarías allí, y no me apetecía esperar en la calle a saber cuánto tiempo. Por eso te he llamado. Todavía es muy temprano y la posibilidad de que no estuvieras en casa era remota, pero aún así…

—Has hecho bien, pensaba madrugar para seguir con mi tarea de descubrir París. ¿Quieres que vaya por ti? —se ofreció Jane.

—No hace falta, de veras. Solo quería avisarte para que me esperes en casa. Ya tengo un chófer a mi disposición.

—Estupendo. ¡Voy a prepararte una comida exquisita para cuando llegues! ¿Qué te apetece comer?

—¡Pasta! —exclamó Hetaher enseguida, sin pensárselo demasiado—. Unos ravioli de carne con tomate y queso fundido. Mmmm. Necesito hidratos de carbono, ¡YA!

Jane rió al escucharla.

—Muy bien, cariño, tendrás tu plato de ravioli. Te dejo, me voy a  hacer la compra y prepararlo todo. Hasta ahora, te quiero.

—¡Chao cielo! ¡Te quiero!

Jane cortó la comunicación y volvió a su cuarto, dispuesta a retomar la tarea de vestirse con más entusiasmo que antes.

—¿Se va a quedar aquí alguna amiga tuya? —preguntó Jonathan, que no se había perdido palabra de lo que respondía Jane al aparato.

Jane asintió.

—¿No te molesta, verdad?

Jonathan rió.

—Si está igual de buena que tú puede quedarse a vivir también.

Jane lanzó una carcajada.

—Está muchísimo más buena que yo. De hecho, creo que tus glándulas salivales van a trabajar más de lo acostumbrado… Hazme caso, ponte babero. ¿Quieres que te compre uno? Ahora mismo me voy a la compra.

Jonathan rodó los ojos, apoyándose en el marco de la puerta de Jane.

—Eres una exagerada.

Jane, con una sonrisa maliciosa se acercó a él y lo despachó.

—El que avisa no es traidor —proclamó antes de cerrar la puerta y obtener la intimidad que necesitaba para vestirse.

Una vez lista para salir, Jane cogió las llaves de casa y bajó al portal, deseosa de sentir sobre ella los rayos del enérgico sol que relucía en el cielo aquella mañana. Pero en vez del sol, una vez alcanzó la calle al atravesar la puerta de entrada del edificio, un aluvión de periodistas se le echaron encima.

Jane se quedó de piedra, con la boca abierta y mirando a su alrededor como si estuviera en medio de una jauría de lobos que estuvieran discutiendo ante ella a qué parte de su cuerpo tocaba cada uno. Y esa analogía era acertada para el caso.

No comprendía nada, solo era consciente de luces parpadeantes que la cegaban desde todos los ángulos. Sentía la cabeza suspendida en otra dimensión y sólo era capaz de mirar a su alrededor para sentirse más asombrada aun. ¿Sería posible que Jonathan estuviera en lo cierto?

Cuando fue capaz de sacudirse de encima gran parte de su estupefacción, prestó atención y sólo sirvió para sorprenderla aún más.

—¿Desde cuándo conoce a Connan Knight? —estaba preguntando una mujer de mediana edad, casi obligándola  a tragarse un micrófono que empujaba contras su boca con unas ansias insanas de obtener respuestas.

Jane, a pesar de la amenaza del micrófono que trataba de abrirse paso hasta lo más profundo de su gaznate, solo pudo abrir más la boca.

Desde otra dirección le llegó otra pregunta con la misma insistencia impresa en la voz:

—Tienes que ser famosa, ¿no es así? ¿En qué área es exitosa? ¿Dónde se conocieron Connan Knight y usted?

Las preguntas continuaron. Se las arrojaron sin compasión desde todas direcciones, sin darle realmente espacio de tiempo para responderlas. Aunque por supuesto, eso era lo último que Jane pensaba hacer, y permaneció unos momentos escuchándolos y paralizándose más a medida que su cerebro procesaba aquella información.

—¿Es cierto que tenéis una relación formal?

—¿Por qué lo habéis mantenido tan en secreto?

—¿Estáis pensando en boda?

—¿Cómo lleva que su trabajo suponga rodar besos y escenas de sexo con otras mujeres?

—¿Por qué vive en este viejo edificio?

—¿Está orgullosa del éxito que ha cosechado Connan Knight?

—¿Le gustan los niños?

—¿Cuál es su diseñador favorito?

—¿Por qué se empeña en vivir de incógnito?

—¿Tiene buena relación con la hermana de Connan Knight?

—Eso eso, cuéntenos más sobre ella.

—¿Celebraréis la boda en alguno de los patrimonios culturales que financia Connan?

—¿Qué lugar escogería usted para casarse?

—¿Seguiréis viviendo en París o os mudareis?

Con cada pregunta que le lanzaban su miedo incrementaba. Toda aquella atención lloviendo sobre ella casi le provocó una hiperventilación. Los nervios le atenazaban el estómago y comenzó a sentir unas incontenibles ganas de vomitar. Su vista se nublaba por momentos y por un momento creyó que iba a desplomarse allí mismo. Aquello la hizo reaccionar. No podía permitir engrosar el lote de noticias. Con un esfuerzo sobrehumano logró romper la parálisis de pánico que había adoptado su cuerpo y se apresuró a abrir la puerta nuevamente para resguardarse en el interior del edificio. Solo podía pensar en huir, así que subió las escaleras hasta llegar a su puerta y se internó en su piso como si la persiguieran para matarla.

Se recostó contra la puerta de entrada unos segundos, y se llevó la mano al pecho a modo de susurrar a su galopante corazón que se calmara. En sus dedos podía sentir latir encabritado aquel órgano vital. Su piel estaba pálida y un sudor frío corría por su frente. Por un momento el recuerdo de todo aquel montón de gente centrando su atención en ella se sobrepuso al presente y se sintió desfallecer mientras sus piernas cedían y se deslizaba hasta el suelo contra la puerta.

Respiraba a bocanadas, y  en un intento por tranquilizarse plegó las rodillas y apoyó su frente en ellas, concentrándose en inspirar y espirar a un ritmo lento, esquivando la hiperventilación. Poco a poco fue tranquilizándose, pero aún conservaba los síntomas de trauma que la acompañaban.

—Una plaga de periodistas ha acampado en nuestra casa —susurró Jane a un Jonathan que la miraba confundido desde el sofá, su voz ahogada por el nerviosismo y su postura.

—Te lo dije. Pero no quisiste creerme —espetó Jonathan, pero sus palabras estaban exentas de la natural satisfacción de llevar la razón. En cambio, sonó preocupada por ella y lo oyó levantarse para encaminarse hacia ella—. ¿Qué te ocurre? —preguntó agachándose junto a ella y tocándole el brazo.

—Están ahí por mí —dijo ella con verdadera angustia alzando la vista para clavar sus ojos en los de él, como si le estuviera comunicando acerca de una horda de zombies obsesionados con su cerebro—. ¿Qué puedo hacer?

Jonathan frunció el ceño aún más preocupado.

—Para empezar, levantarte —dijo él. Si irguió y la cogió por los brazos, tirando de ella hasta ponerla en píe.

Jane se hallaba demasiado conmocionada.

En aquel preciso instante algo captó su atención: el teléfono empezó a sonar.

Jane se abalanzó ansiosa hacia el aparato y descolgó.

—¿Diga? —contestó con voz estrangulada.

—¿Eres tú, Jane? —preguntó una voz masculina.

Un estremecimiento sacudió su cuerpo. De reojo vio a Jonathan volver a sentarse en el sofá, pero hacia caso omiso de la televisión y la miraba con la frente arrugada por la preocupación.

—¿Conaught? —preguntó ella para asegurarse, aunque el instinto le decía que sin lugar a dudas se trataba de él.

—El mismo.

Una parte de ella se sintió aliviada, pero enseguida estalló la furia.

—¡¿Qué se supone que has ido contando por ahí?! ¿¿Por qué un ejército de sanguijuelas cotillas se ha atrincherado en mi edificio con la única intención de confirmar estupideces concernientes a una supuesta relación entre tú y yo?? ¡En estos momentos quiero estrangularte! ¡Y ten por seguro que lo haré si vuelvo a verte!

Connan rió al otro lado de la línea, divertido ante su ira.

—Así que ya lo sabes —dijo él—. Te llamaba para avisarte de que permanecieras en tu casa encerrada a cal y canto… En algún momento se darían por vencidos y yo aprovecharía ese momento de debilidad para sacarte de allí y recluirte en el paraíso conmigo, donde nadie nos pudiera encontrar —explicó en él con voz sexy.

<<Dios Santo, ni siquiera es capaz de ponerse serio ante una pesadilla como está>> pensó Jane muy irritada.

—Oye, mira, guapito, tal vez tú estés acostumbrado a que te fotografíen mientras bostezas, eliges un pollo de cena en el super o te rascas los huevos, pero yo no. ¡Así que deja de decir gilipolleces y sácame de está mierda en la que me has metido! ¡AHORA! ¡Todo este asunto me pone ansiosa! —le espetó Jane histérica. Era consciente de que Jonathan la miraba oscilando entre la incredulidad y la curiosidad, pero nada importaba, solo recuperar su amado anonimato.

Lo escuchó reírse de nuevo.

—Janie, preciosa, no estaba bromeando. De veras te voy a sacar de allí y llevarte al paraíso… Aunque si no quieres mi compañía… Lo aceptaré. De momento.

—¡Por supuesto que no quiero tu compañía! ¡No quiero volver a verte en mi vida! ¡Solo he pasado un par de horas contigo y has convertido mi vida en un infierno! —gritó Jane—. ¡Y no quiero irme a ninguna parte! Quiero continuar en mi bonito piso en Montmartre, ¿de acuerdo?!

—Eso no va a poder ser, preciosa. A no ser que quieras permanecer encarcelada en tu piso dispuesta a recibir por helicóptero mercancía que te envíe para sobrevivir. O enfrentarte a tus acosadores. Si quieres continuar disfrutando de París has de irte de allí por un tiempo.

—Pero no puede durar tanto este acoso hacia mí, ¿verdad? —preguntó Jane desesperanzada.

—Bueno, este momento es peligroso para que hayas captado su atención. No hay más noticias de interés en el horizonte… Así que estarán a tu vera hasta un próximo escándalo.

—Y es demasiado pedirte que te despelotes subido a la pirámide del Louvre, ¿no es así? —suspiró Jane agotada, tomando asiento en un extremo del sofá.

Connan lanzó una carcajada.

—Aunque estuviera dispuesto a hacerlo eso irremediablemente los llevaría con más intensidad hasta a ti. Seguramente querrían saber tu opinión acerca de que tu novio de desnude en plena calle y muestre signos de demencia, ¿no crees?

—Pero tú no eres mi novio —protestó Jane con enojo.

—Pero ellos creen que sí y estás perdida. Nada les hará cambiar de opinión. Su trabajo es exprimir una noticia hasta volverla interesante, aunque tengan que adornarla con mentiras o exageraciones. Que no te extrañe que a continuación te acusen de estar preñada de mí.

Jane masculló de manera ininteligible, aunque era de suponer que se atragantaba soltando palabrotas.

—Te odio, ¿lo sabes, verdad? —dijo finalmente Jane, desolada.

Connan volvió a reír.

—Te conviene más decir que me quieres —le dijo Connan en tono burlón—. Esa es la noticia del día y teniendo un ejército de periodistas cerca no te conviene hablar, menos para decirme que me odias. Eso daría píe a más especulaciones.

Jane se notó bullendo de rabia.

—Tengo ganas de verte, amor —dijo con sarcasmo, poniendo la voz más aguda y cursi que fue capaz—. No veo las horas de que me des motivos para visitar la funeraria.

—Tonta —le respondió Connan con tono risueño—. Bueno, entonces llámame cuando se despeje todo, ¿vale? Voy a darte mi número.

—¡Aguarda! —casi gritó Jane—. Primero quiero saber cómo has conseguido el mío.

Connan resopló.

—Eso no es difícil. Tengo un manager muy competente. Y me sabía tu dirección. Era pan comido. Ahora apunta.

—Espera.

Jane miró a su alrededor, hasta que divisó al lado de la mesita donde descansaba el teléfono una libreta destartalada. La cogió de inmediato y antes de que sus ojos iniciaran la búsqueda inmediata de un boli, Jonathan, que seguía sentado a su lado, le dio uno.

Jane le dedicó una breve sonrisa de agradecimiento y le dijo a Connan que estaba preparada. Garabateó los números que él le dictaba y una vez comprobado que había anotado correctamente el teléfono, evitó que colgara con otra pregunta:

—¿Cómo sabías la situación en la que me encontraba?

—¿Lo dices por el acoso periodístico?

­—Sí.

—Ya hablaremos luego, ¿de acuerdo?

Jane frunció el ceño.

—No te escaparás de responderme.

—Lo sé —contestó él, y Jane advirtió una sonrisa en su tono.

—¡A propósito! —exclamó Jane, cayendo en la cuenta de algo. Habían pasado tantas cosas en la última media hora que se había olvidado de algo importante. Un ramalazo de remordimiento la embargó.

Connan rió.

—Parece que te encanta hablar conmigo, preciosa. No haces más que evitar que cuelgue…

Jane rodó los ojos.

—Cretino —le espetó—. En fin, quería comunicarte que hay otro detalle.

—¿Cuál? —respondió él, de pronto en guardia.

—Una amiga mía muy querida acaba de llegar a París. Se iba a alojar conmigo. Está de camino hacia mi casa.

—Eso no es problema. Podrá acompañarte allí donde te acomode.

—Por supuesto. Pero me temo que ella también es un aliciente para la prensa rosa. Ella es una reconocida supermodelo… No sé si es buena idea que venga a mi dirección estando todo como está. Dame la dirección del lugar donde pensabas alojarme para llamarla a tiempo y que me espere allí.

Connan permaneció en silencio un rato.

—No, que vaya a tu casa. Se me acaba de ocurrir algo.

—Pero…

—Confía en mí —le cortó Connan tajante.

—Cómo no, motivos me sobran —contestó ella sarcástica.

—¿Lo harás?

Jane suspiró.

—Sí. Al fin y al cabo, algo que no puedo negarte es que eres experto en lidiar con la prensa.

—Perfecto, princesa. Hasta luego.

—¡Un momento! —lo detuvo Jane.

Connan se deshizo en carcajadas.

—¿Hay algo más?

—Sí, que no puedo permitirme ser tan egoísta —contestó Jane, mirando de reojo a Jonathan, que la miraba confundido. Sabía que en cuanto colgara la iba a atosigar a  preguntas—. Comparto piso con alguien más. Un chico.

—¿Y? —preguntó Connan con cierta brusquedad. Parecía molesto.

—Y… Él es universitario. No le sobra el dinero, vaya. Y no es justo que le deje con todo el marrón de pagarlo solo cuando me he comprometido a pagar a medias. No está bien.

—También me ocuparé de eso —concluyó él.

—Oh, no no. No quiero abusar de tu dinero —contestó ella—. Solamente quería decirte que pienso seguir pagando el alquiler, porque además quiero volver aquí cuando se calmen las cosas. Pero allá donde me busques alojamiento provisional… En fin, solo te pido que sea algo baratito. Tengo dinero pero este es un derroche con el que no contaba.

—El alojamiento provisional te lo pagaré yo, eso es indiscutible. Al fin y al cabo es culpa mía que tengas que irte de tu casa, ¿no es cierto?

—No quiero —contestó Jane con cabezonería—. No quiero la más mínima caridad por tu parte. Me niego.

Connan suspiró.

—Ahora lo primordial es sacarte de ahí. El resto lo discutiremos luego. Tengo que dejarte para planificar algunas cosas, ¿vale preciosa?

—Adiós —se despidió Jane, colgando el teléfono sin miramientos.

Tal y como había temido, Jonathan se abalanzó sobre ella con un millón de preguntas que formularle.

viernes, 11 de mayo de 2012

►CAPÍTULO V. [Part II]


Más tarde esa misma noche, Jane yacía en su cama boca arriba, con la mirada desentrañando las sombras que le dejaba vislumbrar su reducida ventana. Por mucho que la razón se impusiera y tratará de convencerla de que aquella noche había sido una total pérdida de tiempo, de que había malgastado importantes horas de sueño en aras de atender las frases locuaces de un actor demasiado guapo pero demencial, su rostro la convencía de que una persistente sonrisa debía resumir lo que debía sentir hacia aquel encuentro.

Frunció el ceño. Ahora que se hallaba sola sin nadie que pudiera juzgarla, debía admitir que había sido una noche increíble. Es verdad que él continuaba siendo demasiado sexy, demasiado insistente, demasiado descarado, demasiado capullo, demasiado seductor y demasiado arrogante. Pero aún y todo, de alguna inexplicable manera había conectado con él y había disfrutado del encuentro. Y sí se permitía ser sincera consigo misma, debía admitir que no le importaría volver a encontrarse con él. Bueno, vale. Eso sería ser medio sincera. Pero si era honesta del todo, debía aceptar el hecho de que deseaba volver a verlo.

Sin embargo, lo conveniente y lo que deseamos rara vez van de la mano, y aquella era una de esas veces. Por lo tanto, Jane se conformaría con aspirar a soñar con él un par de veces al mes.

Con un suspiro se incorporó y rescató del suelo un par de mullidos almohadones. Después le echó mano a su portátil, que descansaba en un escritorio empotrado contra la pared frente a su lecho.

Lo encendió y dejo a sus dedos volar, que por una vez supieron mejor que su cabeza excesivamente racional lo que escribir.


BORRADOR PRIMERO
Versión inicial

Título provisional: Besos encorsetados © 2011
Autora: Jane Cassidy

SUBTÍTULO: En Mayfair, Londres, una mansión esplendorosa, 1815.

1.    EXTERIOR. MANSIÓN ENORME. AL ATARDECER.

La cámara enfoca el majestuoso edificio recortado contra un cielo propio del atardecer, con tintes rojizos y morados. Poco a poco va centrándose en la mansión, y la imagen se concentra en la altísima cerca que circunda la propiedad. Las puertas de esta son majestuosamente abiertas por dos lacayos, que trabajan sincronizados y agachan su cabeza sumisamente a la misma vez mientras arrastran las puertas enrejadas, dando la bienvenida a los invitados.

Desde arriba vemos una procesión de elegantes carruajes que van llegando uno tras otro y deteniéndose en el amplio patio frente a la mansión.

La cámara va viajando hasta llegar a una ventana alumbrada en el piso más alto.


2.    INTERIOR. HABITACIONES DE LA HEREDERA.

La cámara penetra al interior de la habitación desde la ventana y nos muestra una esplendorosa habitación rebosante de lujos y riquezas finísimas. Son los salones personales de una dama, y en una esquina de la habitación hay dos mujeres. La más joven es CATHERINE TERISE cuya madre lady ANABELLE le ajusta los lazos de un corsé.

CATHERINE: ¿Qué se espera de mí esta noche?

ANABELLE (el ceño fruncido concentrada en su tarea): Estar a la altura de nuestro gran patrimonio. Tienes que deslumbrar tanto o más que tu posición social, la antigüedad de nuestro prestigioso apellido y tu exuberante dote.

CATHERINE (resopla con desdén): Acompañada de semejante incentivo no sé para qué voy a someterme a la asfixia con este corsé. Cualquiera accedería a casarse conmigo aunque bajase cubierta de barro y con hojas en el pelo.

ANABELLE (termina de atar el corsé y bruscamente hace girar a su hija hasta que quedan cara a cara): Escúchame bien, pequeña estúpida. No vas a mancillar el buen nombre de la familia. Esta noche vas a mantener a raya tu naturaleza belicosa y a ser un encantador y sumiso corderito, tal y como tu condición de mujer y tu posición exigen. ¿Me has entendido? Vas a estar deslumbrante y a sonreír con amabilidad. Vas a moverte con gracia y a bailar con elegancia. Vas a enamorar a todos tus invitados y en menos de un mes estarás convenientemente casada con un duque acaudalado que honre a nuestra familia. ¿Queda claro?

CATHERINE asiente, aunque con el ceño fruncido.

ANABELLE hace una seña a la AYUDA DE CÁMARA, que aguardaba contra la pared silenciosa y solemne. La AYUDA DE CÁMARA se mueve para traer un precioso vestido blanco, con seda en el escote y varias capas de falda que deben hacer parecer a Catherine una criatura etérea y bella.

Visten a Catherine y ANABELLE las deja solas cuando la AYUDA DE CÁMARA sienta a Catherine en el tocador y comienza a manipular su cabello negro para elaborar un sofisticado moño que adornará con cintas y perlas.

La AYUDA DE CÁMARA le dedica una mirada compasiva a través del espejo mientras la embellece.

Cuando Catherine está ya peinada y a punto de salir, entra WILLIAM, el hermano de la muchacha.

WILLIAM (silba con admiración al verla): Guau. Vas a enamorarlos a todos. Estás absolutamente hermosa.

CATHERINE (esboza una sonrisa sincera mientras su hermano le coge las manos enguantadas): Tú sí que vas a levantar pasiones y a  destrozar corazones. Me compadezco de las muchachas que te entreguen su amor para que lo ignores.

WILLIAM (riendo): Yo no hago eso. Solamente soy un conde encantador que todas saben apreciar debidamente.

CATHERINE: Permitir a todas las mujeres que te entreguen su amor y que tú no decidas corresponder ninguno es igual a ser un rompecorazones, insisto.

WILLIAM (ríe muy fuerte): Querida, será mejor que reprimas esa audacia tuya por esta noche. No me extrañaría que todos los hombres se sintieran intimidados ante tamaña belleza e inteligencia.

WILLIAM le da un cariñoso beso fraternal en la frente. Sonriéndose ambos, WILLIAM le ofrece un brazo. CATHERINE se agarra a él y juntos salen al pasillo.

CATHERINE: Descuida, me comportaré como la yegua de cría que se supone que soy.


3.    INTERIOR. GRAN VESTÍBULO (PRECEDENTE AL SALÓN DE BAILE).

Se enfoca lo alto de la ancha escalera donde aguarda CATHERINE a punto de bajar y de hacer su magistral entrada. Una suave música de violines flota desde el adyacente salón de baile. Los centenares de invitados la aguardan en el vestíbulo al píe de las escaleras, y se los ve de espaldas, dejando apreciar los coloridos trajes de las damas y las elegantes ropas de los caballeros.

La cámara cambia de ángulo y vemos de frente a los invitados, que cuchichean entre ellos y siguen el avance de la joven dama con manifiesta admiración. Puede apreciarse un gesto de envidioso desdén en las jóvenes solteras que deben competir con una joya de la aristocracia inglesa como Catherine. Los jóvenes casaderos, en cambio, acaban de detectar el objetivo más apetitoso de la noche y los más rápidos ya se amontonan próximos al último escalón para recibirla con una cordial reverencia y una sugerente sonrisa.

Pese a los nervios que experimenta, vemos a CATHERINE realizar una entrada triunfal digna de la máxima admiración.  Al alcanzar el último peldaño se ve abordada por las galantes atenciones de hombres de diversas edades con algo en común: su interés por la atención de la joven.

CATHERINE sonríe en todas las direcciones y consigue responder gentilmente al aluvión de preguntas que le arrojan en todas direcciones. Pese a la presión a la que se siente sometida, consigue salir a flote y resultar absolutamente conveniente.

WILLIAM aparece en escena, bajando los escalones y posicionándose al lado de su hermana. Intercambian una mirada significativa y comprendiendo el estrés de su hermana WILLIAM le ofrece su brazo e inician la marcha hacia el salón de baile seguidos de los invitados, que se emparejan tomando ejemplo y caminan tras ellos respetando la posición que les otorga su rango.


4.    INTERIOR. SALÓN DE BAILE.

En el gran salón continúan las miradas y las innumerables presentaciones, todas acunadas por la alegre y a veces melancólica melodía que tocan los músicos en una esquina de la descomunal habitación.

CATHERINE se ve a sí misma en un amplío círculo de personas agarrada aún a su hermano, que la apoya en todo momento. La conversación en banal y gira en torno a insípidos cotilleos de su círculo social. CATHERINE finge interés y asiente de vez en cuando para dar la impresión de estar escuchando. De vez en cuando deja vagar su mirada a lo largo del salón y de pronto una figura llama su atención.

En el fondo del salón un joven apuesto [ZACHARY LENNON] (de melena rubia, ojos azules y piel bronceada) mira directamente hacia ella recostado contra la pared y con una copa de licor en su mano. Parece cómodo en su soledad, resguardándose en las sombras de la habitación.

Algo se agita en el interior de CATHERINE al compartir aquella intensa mirada, pero enseguida desvía la vista y vuelve a centrarse en la conversación que mantiene el grupo de gente donde se encuentra. Sin embargo las palabras resbalan por sus oídos y en su rostro puede adivinarse un ligero sofoco. Siente su piel hormiguear y ruborizarse ante la atenta mirada del joven. Sin embargo, se niega a volver a buscarlo con la mirada. Finalmente no puede evitarlo y vuelve a mirar en su dirección para descubrir que él ya no se encuentra ahí. A duras penas controla la punzada de desilusión que la embarga y haciendo un esfuerzo sobrehumano sonríe al interlocutor que queda frente a ella, que lucha por captar su atención haciéndole preguntas superfluas y empleando fórmulas muy amables.

La mirada del hombre de mediana edad [BENJAMIN LAUGHTON] que conversa con la dama se desvía para reparar en una figura masculina que se aposta junto a su objeto de atención. Frunce el ceño molesto.

ZACHARY LENNON (le dedica una mirada burlona a BENJAMIN y acto seguido lo ignora completamente tendiendo una mano a CATHERINE mientras se presenta con una sonrisa encantadora): Aún no he tenido el placer de conocerla, lady Catherine. Yo soy Zachary Lennon.

CATHERINE se sobresalta ante sus palabras, pues le pilla por sorpresa su presencia junto a ella. Por un instante se ruboriza, pero después deposita en la suya su mano enguantada.

Mirándola a los ojos ZACHARY se lleva su mano a los labios y deposita un suave beso en sus nudillos.

CATHERINE: Encantada de saber de usted, señor Lennon.

ZACHARY: Permíteme la osadía de señalar que da usted la impresión de encontrarse sofocada. ¿Tal vez me haría el honor de escoltarla hacia la mesa de refrigerios para que pueda usted sentirse mejor?

ZACHARY dobla el brazo frente a ella a modo invitación y le dedica una sonrisa deslumbrante mientras aguarda su respuesta.

CATHERINE (algo sonrojada): Su interés por mi salud es enternecedor, señor Lennon. Me veo encantada de aceptar su proposición. (Se dirige hacia al círculo de gente del que forma parte) Discúlpenme unos momentos, agradables señores. El señor Lennon me invita a ausentarme un momento en honor a una refrescante bebida que siento necesitar. Prometo volver a su encantadora compañía lo antes posible.

INVITADO 1: ¿Es usted, señor Lennon, hijo del conde de Devon?

ZACHARY finge una amable sonrisa, aunque realmente bulle de impaciencia por alejarse de allí acompañado de la encantadora Catherine.

ZACHARY: Así es, señora…

INVITADO 1: ¡Oh, no, señor Lennon! Yo soy lady Rumsfeld, condesa de Somerset. Como ve, nuestros condados son vecinos. De hecho, me escribo regularmente con su madre. Lady Lennon siempre me ha parecido una mujer virtuosa y encantadora. ¿Cómo está ella?

ZACHARY: Le comentaré sobre este extraordinario encuentro con usted, lady Rumsfeld. Y perdone la ignorancia que me llevó a no dedicarle el debido tratamiento. Mi madre está algo delicada de salud, pero no es nada grave. Sin embargo, supone una razón de peso para que no haya acudido a Londres en plena temporada primaveral. El mar es un sanador milagroso y por ello es lo más adecuado para su salud permanecer en Devon en estos momentos.

INVITADO 1: ¡Es una lástima que lady Lennon vaya a perderse esta temporada! Parece muy prometedora desde sus inicios. Las jóvenes casaderas que se presentan son encantadoras y provenientes de familias excelentes, por lo que es de prever una multitud de fiestas sofisticadas y dignas de atención. En fin, ¿le presentará mis deseos de mejora a su madre?

ZACHARY asiente impaciente.

INVITADO 2: Dígame, señor Lennon, ¿siguen siendo tan altisonantes las operaciones de contrabando en las costas de Devon?

ZACHARY: Mi padre se ha encargado de reforzar el número de oficiales montados que se ocupan de desmantelar los alijos, pero me temo que aún no hemos combatido del todo esa práctica.

CATHERINE (frunciendo el ceño algo indignada, pero por fin apasionándose por una conversación que le parece realmente interesante ya que trasciende temas sobre eventos sociales, chismes sobre ilustres personajes de la sociedad y modistas famosos, todas conversaciones reservadas para damas) Pues yo opino que…

WILLIAM, previendo el efecto inapropiado que pueden tener las palabras de su hermana, se tensa y se apresura a interrumpirla a tiempo.

WILLIAM: Mi hermana cree que esta actividad delictiva debería cesar cuanto antes. Es importante que todos nos ajustemos a las leyes impuestas, sino la desorganización nos haría presos y pasaríamos a asemejarnos a animales, ¿no creéis damas y caballeros?

Todos asienten y ríen a sus palabras excepto CATHERINE, que guarda un resentido silencio, aunque pronto se esfuerza por poner buena cara y aplaudir a su hermano.

ZACHARY sin embargo no ha dejado de observarla un solo instante y se percata de la contrariedad de la joven, cosa que hace que sus ojos brillen por la diversión.

INVITADO 4: Su hermana es una mujer propiamente sensata. Aplaudo su sana mente de tan correctas opiniones. Es sin duda una joven encantadora.

CATHERINE (se fuerza a sonreír amablemente): Me halaga usted, lord Wells.

ZACHARY: Damas y caballeros, me temo que es tiempo de arrebatarles por unos momentos a esta encantadora joven, tal y como expresé minutos antes.

Tanto ZACHARY como CATHERINE asienten solemnemente con la cabeza, saludando al círculo de invitados. WILLIAM la mira con el ceño fruncido pero finalmente le permite deshacerse de su brazo y la ve marcharse con Zachary antes de volver a la conversación que se mantiene.

La cámara se aleja del grupo y se centra en los dos hermosos jóvenes, que caminan del brazo hacia una alargada mesa que descansa en uno de los extremos del salón rebosante de copas y recipientes provistos de bebidas.

ZACHARY (con expresión divertida): Tengo la impresión de que su hermano ha manipulado convenientemente su opinión, lady Catherine.

CATHERINE (se tensa al escucharlo): Lamento tener que sacarle de su error, señor Lennon. Mi hermano presentó mi parecer correctamente.

ZACHARY (la mira con perspicacia, no creyéndose la afirmación de la joven ni por un momento): Lamento oír eso. La había juzgado más interesante.

CATHERINE (lo mira con el ceño fruncido pero no muerde el azuelo): ¿Es usted siempre tan dado a hacer cumplidos?

ZACHARY (ríe ante su sarcasmo): Puede que aún pueda ser dotada con mi buena opinión.

Ambos llegan a la mesa dispuesta y ZACHARY le prepara una copa de ponche y se sirve otra para él.

ZACHARY: ¿Aceptaría bailar conmigo el próximo vals que suene?

CATHERINE (Parpadea por la sorpresa): No sé qué contestar dada su tendencia a interpretar como quiere lo que digo.

ZACHARY (luce una amplia sonrisa): Eso quiere decir que el próximo vals es nuestro.

Casi inmediatamente las primeras notas suaves de un vals comienzan a flotar en el gran salón. ZACHARY le arrebata la copa a la joven y la deposita en la mesa junto con la suya. Le dedica una sonrisa hipnótica y atrapa entre sus manos una de ella, arrastrándola lentamente hasta el centro del salón junto con las demás parejas.

ZACHARY: ¡Cuán oportunamente deprisa a querido el destino colmar mi deseo de danzar con usted!

CATHERINE se ruboriza mientras él guía expertamente una de las manos de la joven hacia su hombro y sujeta con firmeza pero con dulzura la otra, apretándola cálidamente con la suya. Después ZACHARY deposita su otra mano en la espalda de la joven y salva la distancia entre ellos hasta que no cabe un soplo de aire entre ellos.

Comienzan a bailar, sus pasos en armoniosa sintonía, y se pierden en esa danza, compartiendo una mirada intensa que los transporta a un mundo fuera de ese atestado salón, donde están solos y sus corazones pueden hablar sin ser juzgados.

La pieza de música es larga, pero el tiempo se hace corto y se convierte en un efímero y maravilloso instante que alimentará sus recuerdos por largo tiempo. Una magia entre los dos los sumerge en un sueño de notas suaves y pasos perfectos, una magia palpable para todo aquel que les preste un mínimo de atención.

La danza termina y ambos se quedan mirándose fijamente, tratando de discernir en sus miradas la existencia de ese hechizo al que ambos han sido sometidos. Parecen confundidos pero fascinados.

La magia se rompe cuando CATHERINE vislumbra a su madre contra una de las paredes del salón, mirándola fijamente con semblante disgustado. CATHERINE siente un escalofrío recorrerle su espina dorsal y le dedica a Zachary una torpe inclinación de cabeza en señal de saludo formal.

CATHERINE: Con verdadero pesar debo separarme de usted ahora, señor Lennon. Mi madre me reclama.

ZACHARY (asiente con la cabeza siguiendo las ceremonias convenientes y la mira intensamente): Ha sido un verdadero placer bailar con usted.

CATHERINE asiente conforme y se abre paso entre la gente en dirección a su madre, bastante turbada.

ANABELLE (con una expresión de desagrado): ¿Qué se supone que estás haciendo, Catherine? No deberías malgastar tiempo en empresas abocadas al fracaso.

CATHERINE (con indignación): ¡El señor Lennon es hijo de un conde!

ANABELLE (mirándola a ella y a él alternativamente y con palpable frialdad): Él es el tercer hijo del conde de Devon, según tengo entendido. Y sus dos primeros hermanos siguen vivos y gozan de buena salud, por lo que él jamás heredará título ni patrimonio alguno. Es por tanto un don nadie, indiscutiblemente indigno de tu atención. Además, en el caso de que su herencia fuera viable el título de conde es despreciable cuando puedes aspirar a un duque. No nos interesa. Grábatelo.

CATHERINE (con rabia contenida): ¿Despreciable? Te recuerdo que en el escalafón social figuramos como condes.

ANNABELLE (mirándola furiosa): No me repliques a mí, pequeña idiota. Ya sé cuál es mi posición social, y tú deberías saber ya que tu cometido es elevarnos en prestigio. Recuérdalo cada vez que decidas alentar el cortejo de un indigente como ese tal señor Lennon.

CATHERINE (entre dientes): Sí, madre.

ANABELLE: Ahora vuelve con tu hermano y relaciónate con la gente que verdaderamente merece tu conversación. Y espero no presenciar otra pérdida de tiempo por tu parte.

CATHERINE: Sí, madre.

CATHERINE se abre paso a través del salón, buscando con la mirada a ZACHARY, queriendo despedirse de él para siempre con la mirada. Pero por mucho que lo busca no lo encuentra.

(Se ha ido)


Jane cerró de golpe el portátil, no sin antes haber guardado lo escrito. Con cierta brusquedad lo desterró al suelo, cerca de su cama, y apagó la lámpara de su mesilla. Le dio la espalda a la luna, como si su simple relucir tranquilo la irritase.

No podía engañarse a sí misma. Sabía perfectamente que aquel comienzo que había narrado guardaba una estrecha relación con alguien a quien había condenado a la menor consideración por su parte. Reconocía perfectamente en Zachary Lennon la piel morena, el pelo rubio, los ojos azules, la galantería y la osadía de Connan Knight. Y cualquiera que supiera que lo conocía también lo relacionaría con él.

Frunció el ceño, profundamente disgustada. No podía creer que su inspiración necesitara el empuje de una aparición como Connan para que empezase a funcionar. Y lo que era peor: no podía creer que escribir sobre él la confundiese más que el hecho de pensar en él. Era como si su narrativa escogiese pensamientos cultivados que ella se había negado a dar forma y los dispusiera clara y ordenadamente ante ella para que los examinara y no pudiera escapar de ellos.

Pero, ¿qué podía sacar en claro? ¿El hecho de que Connan fuera el tipo de hombre que podía llevarla a la locura (literal y figuradamente, dicho sea de paso) con consecuencias dolorosas para ella? ¿El hecho de que, como en la historia que iba tomando forma en su mente, un amor con él estuviera destinado al rotundo fracaso? ¿El que un solo beso con él pudiera acumular daños que se le vendrían encima en el futuro, en algún momento de fragilidad? ¿O simplemente que ocupaba sus pensamientos más de lo que estaba dispuesta admitir?

O tal vez su subconsciente estaba tratando de decirle que Connan solo podía existir para ella en la ficción. Si así era, aplaudía por ese razonamiento. Era el que había de tomar en cuenta, sin duda.

Emitiendo un gruñido se revolvió entre las sábanas y ocultó su cabeza entre la mullida almohada, en un intento por ahogar fantasías irracionales. Su respiración fue acompasándose y sus pensamientos perdieron fuerza hasta que Morfeo decidió apiadarse de ella y mecerla en un pacífico sueño. Seguramente en un intento por compensarla por la vorágine que se le venía encima.



Tal y como esperaba, el piso estaba a oscuras, revelando el descanso nocturno al que se sometían sus moradores.

Con sigilo se arrastró hasta la cocina, dirigiéndose directamente al frigorífico, de donde sacó una lata de cerveza. Con movimiento experto tiró de la anilla del envase y tragó con avidez el amargo pero delicioso líquido a la luz azulada que emitía el electrodoméstico, que continuaba abierto mientras él se apoyaba en la puerta del mismo.

La bebida no le duró ni dos minutos, y cerrando el aparato y tirando la lata vacía, salió de la cocina y se dirigió al pasillo que daba paso a las habitaciones. Antes de proseguir hasta su propia habitación se paró frente a la puerta de Allison. Lentamente, con cuidado de no despertarla, se coló en el cuarto y se paró al lado de su cama, donde dormía plácidamente, con sus bucles reluciendo, respondiendo a la tenue luz del pasillo. La terneza se apoderó de Connan, que extendió su mano para acariciar el suave cabello de su hermana con una sonrisa maravillada ante su angelical imagen.

La niña reaccionó a su contacto, y presa de la inconsciencia aún, se revolvió en sueños y esbozó una tenue sonrisa. Connan reimprimió una risotada al verla buscar la fuente de ternura que había detectado en sueños.

De pronto, aún bajo el efecto nebuloso del sueño, la niña abrió un ojo, y logró detectarlo. Así se lo hizo saber cuando le enseñó una sonrisa dentada destinada exclusivamente a él.

—Hermanito —susurró con voz pastosa.

Connan amplió su sonrisa y continuó revolviéndole el suave cabello dorado.

—Siento mucho a ver faltado a nuestra cita con “El rey león” —se disculpó él, imitando su voz bajita—. Un imprevisto reclamó mi atención —se excuso mientras el rostro de Jane lo golpeaba en la mente. La diversión se instaló en sus ojos.

—Parece que te lo has pasado bien. Está bien —respondió la niña, estudiando la evidente alegría de su hermano mediante ojos infantiles y soñolientos—. Está bien, siempre y cuando el motivo no sea la PP, claro —se corrigió, frunciendo el ceño ante la idea.

—¿PP? —preguntó ceñudo Connan.

—Quiere decir Pedorra Porno. Saca tus propias conclusiones. Pero mientras lo haces saca tu culo de aquí y déjame dormir —refunfuñó la pequeña.

Connan lanzó una sincera carcajada. Se agachó lo suficiente para depositar un cariñoso beso en la sien de la niña.

—Buenas noches, angelito —susurró Connan, y se irguió y emprendió la retirada.

—Por cierto, te compensaré —le dijo cuando ya estaba en la puerta, a punto de salir—. Te prometo llevarte a una bonita excursión.

—Mmmm —musitó la niña, como si hablar le resultara un esfuerzo gigantesco pero quisiera darle a entender que lo había escuchado. Sin embargo, su lengua pareció aligerarse lo suficiente como para pronunciar las siguientes palabras—: No creas que lo olvidaré porque esté adormilada.

Connan soltó una suave risa.

—Te lo prometo —dijo antes de salir definitivamente y cerrar con cuidado la puerta.

Otra puerta sonó en ese instante, solo que con cierto estruendo que mosqueó a Connan. Con zancadas silenciosas pero aireadas se desplazó hasta el vestíbulo, donde una ebria Diane hacía malabares con su bolso y abrigo subida a unos tambaleantes tacones de quince centímetros.

—No hagas tanto ruido —le espetó Connan—. Allison duerme.

Diane ignoró el tono inflexible de su voz y soltó una risita mientras se lanzaba a sus brazos trastabillando. Connan la sostuvo contra él, disgustado ante la idea de que pudiera caerse y montar un estruendo. Seguramente Allison había vuelto a dormirse y no le apetecía perturbar más su sueño, y aún menos a causa de ineptas borrachas, pensó enfurecido.

Diane malinterpretó las manos de él en su cuerpo, e interpretándolo como vía libre, se abalanzó hacia sus labios, estrujándose los senos contar el fuerte pecho de él.

Connan no experimentó ninguna emoción ni apetencia a pesar de ser una mujer de su talla, con tamaña belleza y tan voluptuoso cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo no sentía deseos de aprovechar semejante invitación. Así que con fría practicidad, la dejó hacer mientras la cogía en volandas para evitar que sus tacones repiquetearan en el suelo y armaran molesto ruido. Atravesó el pasillo con ella en brazos, mientras la mujer veía en su comportamiento una errónea ansia por responder a su deseo.

Por fin llegaron a su puerta, que Connan abrió con facilidad sin tener que depositarla en el suelo, y continuó avanzando con su carga hasta dejarla en la cama.

Connan la vio reír emocionada mientras se echaba sobre las almohadas y se abrazaba a ellas. Mientras él le desabrochaba los tacones y se los quitaba. Una vez liberada del peso de sus pies, Diane se incorporó sobre las rodillas y avanzó sobre ellas hasta el límite de la gran cama, donde permanecía Connan mirándola. La joven le echó los brazos al cuello y ladeó la cabeza, mirando directamente a sus ojos, que permanecían serios.

—Vamos, ¿a qué esperas para desvestirme del todo? —preguntó con voz cantarina.

Connan no respondió y se limitó a  mirarla con el ceño fruncido.

Diane soltó otra risita y deslizó sus manos por los brazos de Connan hasta que agarró sus manos y las llevó a la parte trasera de su vestido, donde aguardaba una cremallera que quería ser deslizada. Mientras ejercía aquella clara invitación con sus manos, su rostro se había inclinado hacia el de Conann y por si cupiese alguna duda le pasó la lengua por la oreja.

—Te deseo —susurró ella.

Connan se zafó de las manos de Diane, separándose de su cuerpo.

—Estás muy borracha. Será mejor que descanses —le dijo con cierta dureza, y sin mirar atrás salió de la habitación de la muchacha y se metió en la suya propia.